Las pajareras
A las semillas se les prohibió mi boca hace mucho tiempo.
En las noches solía llorar una gota pasajera
mientras mi mente temblaba
esperando un estímulo.
Una barrera de libros
acogió mi llegada, sólo distinguí cuatro paredes
donde en cada una de ellas
surgían dos manos que me arrebataban la tranquilidad,
a tirones.
Mi nostalgia empapó la habitación,
de mi cuerpo escapaba el veneno de mis casas anteriores,
a mi lado las pajareras comienzan a tiritar,
los pájaros han emprendido el vuelo
y cegados van en picada a estrellarse contra el suelo,
aún no se convencían de su envejecimiento.
La laguna de mi habitación continuaba fría
como para ahogarme a gusto,
mis pobres pajarillos vuelven a volar contra el piso mientras la vejez
les daba el beso de buenos días.
Han pasado cuatro días,
los cuerpos de los únicos familiares que me quedaban
rebalsaban en la alfombra la sangre grisácea
que aun de mis ojos siguen brotando
El más pequeño traía cargado en sí un año,
sólo camino dos pasos hacia la ventanilla
para emocionarse y envejecer,
con el cigarrillo en el pico
se dejó caer tentado por el humo
dejando mis pajareras vacantes
para el día que aprendiera a volar.
Mi eterna autopsia
Sigo oyendo las voces de negligencia,
sigo sintiendo su placer al quitarme la carne.
El olor a alcohol se hizo presente desde aquel día y gozaba emborracharme con este olor.
Me esperan mis ateos,
prontamente estarán mirando la falda al catolicismo,
en unos momentos sonará la campañilla de la tienda de placas.
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